El turismo sostenible dejó de ser, en Chile, un valor agregado para convertirse en una discusión de política pública y desarrollo económico. Así quedó reflejado en el II Foro de Turismo Sostenible 2026, organizado por la Federación de Empresas de Turismo de Chile (Fedetur) junto a la Universidad San Sebastián, que reunió a autoridades, empresas, académicos y organizaciones ambientales para debatir cómo convertir esta tendencia en inversión real, empleo y desarrollo territorial.
Un sector que ya mostró números
El respaldo a esta apuesta no es solo discursivo. En 2025, Chile recibió más de seis millones de turistas internacionales, un 14,6% más que el año anterior y por encima de los niveles previos a la pandemia. El turismo representó ese año un 2,8% del PIB nacional y generó más de 723 mil empleos, según cifras de la Subsecretaría de Turismo.
Detrás de este crecimiento hay un cambio de perfil del viajero: cada vez más visitantes buscan experiencias transformadoras, contacto con la naturaleza, gastronomía local y destinos con identidad propia, por encima del turismo tradicional de sol y playa o de grandes centros urbanos.
De la conservación a la inversión
Lo que distingue al debate chileno es el intento de ir más allá de la conservación como fin en sí mismo. Durante el foro se discutió cómo avanzar hacia políticas públicas, regulaciones e incentivos que incorporen la sostenibilidad como condición para el crecimiento del turismo, no como un obstáculo para él. La participación de actores como el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP) y representantes de destinos como Puerto Varas mostró que la discusión ya involucra tanto al sector público como al privado.
Por qué importa para la región
Chile tiene una ventaja competitiva clara: diversidad de paisajes, áreas protegidas extensas y una demanda internacional creciente por experiencias auténticas. El desafío, compartido por buena parte de Sudamérica, es transformar ese potencial en desarrollo territorial concreto sin caer en la sobreexplotación que ya afecta a otros destinos del mundo. La experiencia chilena, con su combinación de datos, política pública y participación privada, puede convertirse en una hoja de ruta para el resto de la región.


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